You better take me any which way you can

Publicado por Lleonard Pler On 17:55 0 comentarios

No me gustan los kamasutras. Todos esos recopilatorios de fotos, dibujos, esquemas y posturas: me parecían ridículos. Con un punto hortera, incluso. Analizando minuciosamente lo que debería de ser intuición, pasión, improvisación, complicidad, experimentación. Y además, pensaba: ¿quién se va a poner así? Las posturas raras las dejamos para las películas pornos, al final todos preferimos la comodidad. Recuerdo que una vez, a uno de mi ex, cuando noté que algo fallaba, le regalé una baraja de cartas para ir probando posturas al azar. Ni siquiera le hizo gracia. Ninguno de los dos follábamos bien y tampoco hacíamos nada por cambiarlo, nos habíamos acostumbrado a ese sexo pausado y casi aburrido de dos personas que se tienen mucho cariño. Después de aquello, no me preocupé por mejorar. Corroboré lo que venía pensando, que la gente prefería la comodidad. Y de todos modos, tampoco alargaba mucho los polvos, yo. Soy muy quejica, ya lo he dicho alguna vez.

Hasta que de pronto, un día, poco después de una cita que me había dejado especialmente satisfecho, me sorprendí curioseando un libro titulado "El kamasutra gay" en la biblioteca de un amigo. Sonreí al ver que algunas posturas que habían surgido con naturalidad durante el último revolcón estaban allí reflejadas, con sus gráficos y sus explicaciones. Aluciné al descubrir otra posturas que casi habíamos ejecutado sin darnos cuenta, otras que me había planteado en pleno frenesí. Vi que la función del libro no era otra que la de confortar: no eres raro por querer ponerte así o asá, se puede. Y por primera vez me apeteció de verdad probar todas las posturas, las del libro y las de mi mente. Igual es ésa la diferencia entre el sexo y el amor: encontrar una persona con quien te apetezca probarlo todo, sin que te dé vergüenza ni quejarte. Entregarte a él como muestra de lo que sientes: haz lo que quieras, como quieras, donde quieras.

Do it again

Publicado por Lleonard Pler On 19:12 0 comentarios

No me excitan las cosas fáciles. Me excita que me retiren el beso justo antes de besarme, la lengua del otro casi roza mis labios, y me quedo con la boca entreabierta. Sobre todo mientras me follan: un beso lo haría más llevadero, me olvidaría del dolor y las piernas en el aire. Merezco un beso pero no me lo dan todavía. Eso me excita. Eso y que uno de los dos esté completamente vestido y el otro desnudo, cuando lo tentador y natural es despelotarse a la vez: te quito la camiseta, me quitas la camiseta, te desabrocho los pantalones, me desabrochas los pantalones... Prefiero la travesura, quedarme vestido mientras con el otro ya puedo jugar, o viceversa. Que demoren la mamada también me excita: besos y besos alrededor de mi polla, besos en los huevos, y esa lengua siempre a punto de tocarme la punta. Que me follen con los dedos cuando ya llevo rato dilatado y pidiendo a la oreja que me folle ya.

Supongo que me excita que me hagan sufrir. No con dolor, sino con la espera. Llegará pero no todavía. Y esa sonrisa cabrona del otro, divirtiéndose con mi deseo frustrado. Esa sonrisa, sí, es el detalle que más me excita. Yo completamente expuesto, suplicando un beso y él divirtiéndose por postergarlo. Ser capaz de despertar esa sonrisa significa que he hecho las cosas bien. Estoy metido en el polvo.

Don't you wanna feel my bones on your bones?

Publicado por Lleonard Pler On 00:49 0 comentarios

No me gusta mi cuerpo. No me gustan determinadas partes de mi cuerpo. Mi barriguita, las estrías, los pies. Entre otras cosas. No me excitaría mi cuerpo si fuera el de otra persona: lo sé perfectamente. Y piensas que eres el único con complejos, el único con defectos, los demás se ven tan seguros debajo de sus camisetas y sus tejanos, sonríen tanto, parecen tan inaccesibles, con sus cuerpazos y su aplomo. ¿Por qué se habrían de fijar en ti que eres un saco de cosas que no te gustan? Sí, piensas que sólo tú tienes un cuerpo imperfecto. Sientes envidia de tus antepasados que, dicen, follaban tapados con una sábana con un agujero en medio; así los cuerpos no se tocaban, ni se veían. Pero una de las cosas buenas de este año y medio mío de soltería ha sido comprobar que en realidad no existen esos cuerpos perfectos. Quizá en el porno sí, mientras el maquillaje aguante y la cámara no se acerque mucho. Pero en la realidad, todos temblamos al desnudarnos. Uno porque tiene cicatrices, otro porque tiene pelos donde no querría, o lunares abultados, o una antigua quemadura, o un ombligo salido, o unas uñas torcidas, o una piel demasiado pálida, n grano eterno, o uo unos michelines que ni horas y horas en el gimnasio los hacen desaparecer, o una polla tan diminuta que el chico demora al máximo el momento de quitarse los calzoncillos. Todos tenemos algo que nos hace temblar.

Pero tener sexo es desnudarse. Y sin darte cuenta, revolcón a revolcón, cuerpo a cuerpo, te haces más fuerte. Ves que todos somos esqueletos temerosos bajo una armadura. Con las mismas inseguridades en ese momento final y las mismas ganas de ser aceptados. No me gusta mi cuerpo, pero es el mío, y he aprendido a convivir con él.

But on the telephone line I am anyone

Publicado por Lleonard Pler On 23:57 0 comentarios

No soy muy partidario del sexo virtual. Al final me dejo llevar, porque tiene su utilidad y es un buen remedio cuando Xvideos se pone rebelde. Lo curioso es que no me pone el sexo virtual con completos desconocidos. Jamás me veréis en Cam4. Sólo me excita cuando conozco a la otra persona. Conocerle hasta cierto punto, claro, tampoco se trata de hacerlo con amigos del alma. Pero sí tenernos en alguna red social, haber visto fotos suyas, habernos comentado cosas. Hasta ahí. Necesito un mínimo de conexión para que alguien me excite. Y nos escribimos cuatro frases que disparan la imaginación como el mejor de los vídeos y me corro y me quedo tan vacío como después de una mala paja. Pero siempre repito. Reconozco que lo virtual es cómodo. Conveniente. Pero también tengo muy claro que, por mucho guarreo que compartamos virtualmente, la cosa jamás pasará de ahí. Todo son fantasías, hablar de lo que nunca harías, sin miedos ni molestias ni compromisos. Excitarte en libertad. Excitarte porque no tendrás que cumplir lo que hablas. Puedes practicar lo que no practicarías. Decir sí a lo que dirías que no. Exagerar con el calentón. Yo lo tengo claro, pienso que los demás también, aunque por supuesto me aprovecho del malentendido mientras dure. Es egoísta por mi parte, aunque en el fondo creo que todas las pajas son egoístas.

En el cara a cara necesito mucho más. Necesito abrazos. No pueden ser virtuales, no pueden ser fingidos, no puede dártelos cualquiera porque los abrazos sólo llenan cuando te los da la persona que tú eliges. Pero es extraño. A veces tienes abrazos y también tienes sexo con quien te abraza, pero no te sientes lo bastante deseado, aunque no debería ser así porque al fin y al cabo se la has levantado, ¿no? Te la ha chupado, te la ha metido, os habéis corrido. Pero no te lanza piropos ni susurra frases cariñosas. Entonces, aunque no seas partidario del sexo virtual, no debe de ser tan raro que el primero que te escribe cuatro frases calenturientas consiga que se las contestes. ¿Es infidelidad? A veces lo pienso. ¿Puedes serle infiel a alguien que no es tu novio con alguien con quien nunca follarás más allá de esas frases escritas? ¿Por qué nos dedicamos a llenar nuestros vacíos con cosas huecas?

One life stand

Publicado por Lleonard Pler On 02:32 0 comentarios

No puedo fingir que un revolcón no significa nada. Tampoco quiero, aunque sea lo que se espera de dos personas que han follado: que finjan indiferencia. Siempre significa algo, al menos para mí. Incluso el polvo más esporádico que tuve, una vez que conseguí aceptar que con esa persona absurda no habría nada más que aquellas cuatro sacudidas, incluso entonces fue especial. Yo había decidido estar allí. Era una victoria. Me había dicho que yo era el que mejor bailaba de toda la discoteca y tocaba celebrarlo. Pero antes y después todos los demás polvos con tantos otros hombres, también significaron algo. Siempre. Por eso me tienta repetir. Por eso a menudo espero que el otro diga algo. Quiero sentirme especial. Follamos para sentirnos especiales. Durante esos quince minutos y durante los días que les siguen. Qué tortura cuando el otro retoma el contacto tan natural, como si el polvo no hubiera existido. ¿No le gustó, para él no significó nada o quizá le encantó pero el decoro le impide reconocerlo? Dudas. Volvería a follar con él ¿y de qué me serviría? Al menos un único polvo con él lo dejará como algo especial. Estamos a tiempo de no convertirnos en unos follamigos cualquiera.

Ojalá pudiera entregarme al vacío cuando comparto mi cuerpo. Tengo amigos que lo hacen. Yo prefiero una paja porque con mi mano no me ilusiono. Contigo sí. Porque no lo viste, pero me temblaban los dedos cuando te ayudé a desabotonarme los tejanos. Temblé mientras me penetrabas. ¿Y ahora? Tanto temblor para seguir igual. No sé jugar a este juego. Nuestro revolcón me importa, no sé ni quiero evitarlo.

Like they do it on the Discovery Channel

Publicado por Lleonard Pler On 03:12 0 comentarios

No me parece demasiado erótico ver a dos hombres follando. Me excita más la idea que la imagen en sí. Viendo porno, una vez puesto en situación, suelo saltar a las corridas finales. Supongo que todos lo hacemos, en el fondo: te pones en situación, te pones a tono, y entonces vas directo a lo que quieres disfrutar: el orgasmo. Personalmente, las folladas me interesan menos porque incluso los preliminares, o un beso apasionado los veo más eróticos, especialmente si hay química entre los actores y me creo la pasión que representan. Si los dos hombres están muy buenos puede que aguante verles follar durante un rato, si son tres los integrantes puede que hasta aguante medio polvo, puede que vea excitante cómo uno se la mete al otro o se intercambian los penetradores o se la meten a la vez (con el consiguiente aullido del pobre pasivo). Pero llega un punto en que esa imagen de la follada se deshumaniza en mis ojos. Veo a perros copulando. Movimientos animales, instintivos. La insistencia y la saña y la ceguera de un perro. Pam pam pam. Hay algo de desesperado en el gesto, de necesidad de perseguir el placer. El vacío al descubierto.

Así que no, no me verás follar nunca delante (o debajo) de un espejo. Tampoco grabaré jamás una sextape. Prefiero no verlo. Perderme en los besos. La última máscara de humanidad que nos queda.

You got me saying more more more

Publicado por Lleonard Pler On 10:15 0 comentarios

No sé qué gemir durante el sexo. Los buenos gemidos son imprescindibles. La película porno con los actores más buenorros se puede ir al traste si solo saben soltar letanías robóticas y desganadas, evidenciando que están ahí por el dinero y no porque les guste que se los follen una marabunta de hombres. El amante más entregado puede perder todo su encanto si no gime como si fuera su primera vez. Los buenos gemidos me ponen. Casi tanto como un buen beso. Las palabras que queman en la boca durante el sexo. Quizá por eso, porque me ponen tanto, intento estar a la altura y gemir como esperaría que gimieran. Sobreactuación. Lo de siempre: pensar demasiado en la cama. Pensar en vez de sentir, buscar el mejor gemido en vez de gemir a secas. Pero no puedo evitarlo. Me esfuerzo en sonar encendido, hasta que al cabo de un rato me doy cuenta de que ya he repetido bastante ese tipo de grito o expresión, y entonces cambio, aunque los movimientos de mi amante sigan siendo los mismos. Y a él le envidio porque suena natural. Calla, gime, suspira, gruñe, le sale de dentro. Intento corresponderle. Intento contenerme si noto que me excedo, pero mi cara de silencio durante el sexo no debe gustar mucho, porque entonces me acusan de "estar serio".

La tierra de nadie que hay entre el silencio y la sobreactuación. Susurrar "Fóllame" al oído del otro y sonar ridículo, ni rastro del erotismo desatado que pretendías. Sé que algún día los "Más" sonarán sinceros.

Seguidores

Entradas populares